Eclesiastes(libro de la biblia):
bajo el manto del sol hay tiempo para todo
tiempo para nacer y tiempo para morir.
EL ÚLTIMO ENTIERRO
Miras despacio la turbulenta ira de la noche, piensas en el vino soñoliento agrio que horas atrás bebiste, o quizá masticaste como amarga agua silenciosa. Entonces los recuerdos te atrapan como manchas de nubes contaminadas. Te sientas sobre las sabanas sucias polvorientas de tu cama, prendes la grabadora y pones el último disco de Mozart que tu padre te obsequio antes de fallecer.
Te pones de pie y esperas frente al espejo algo parecido a la muerte, invocas a la muerte, esperando que no sea la misma muerte que te diseñaba el cura todos los domingos cuando ibas a misa a la iglesia.
No soportas la idea desgarradora de que tu madre hoy haya muerto. Vienes del entierro, tomaste ríos de alcohol para mitigar el dolor, lloraste a lágrima viva, de rodillas gritaste como chiquillo indecente, tocaste por última vez con tus tristes manos iracundas la frente y los cabellos largos negros y lacios de tu madre, sabes que jamás la volverás a ver, que ya nunca pelearas con ella, por que deje ir a buscar mujeres trasgresoras de la moral y de la vida galante, mujeres que solías buscar por calmar las ansias de no tener el cuerpo frágil, blanco, cálido, libre y ardoso de Laura.
Si, lloraste mucho en el entierro. Lloraste como la primera vez que descubriste que Laura, tu novia te engañaba. Ahora llegan a tu mente las conmovedoras escenas que hiciste en el panteón cuando enterraban y aventaban las últimas palabras necias de tierra sobre el féretro de tu madre. Recuerdas que tomaste con la vacía mano derecha una flor morada bendita, que arrojaste por ultimo sobre el cadáver tieso de tu madre que era arrojado al origen y vientre de la negra tierra.
Ahora tomas entre los dedos fríos de tu mano derecha un cigarrillo blanco de marca Camels que traías escondido en el bolsillo izquierdo de la chaqueta negra desde que Laura rompió los últimos poemas sucios e indecentes que le habías enviado.
Sobre tu escritorio de madera de cedro rojo antiguo encuentras los cerillos que hace tiempo ya no ocupabas, enciendes el cigarrillo y le das una fuerte aspirada. Mientras el humo hambriento sale de tu boca sudorosa, formando con el viento siluetas y figuras de pequeños rostros que tal vez algún día miraste en el asombroso mundo de santos y vírgenes que es la calle y la cuidad.
Solitario contemplas el sombrío deterioro del cigarro blanco, el humo se diluye como la memoria se borra de los hombres que se han atrevido a pisar el vientre sagrado de la tierra.
Una noche más que se fuga a los brazos de algún mar antiguo, y entonces la memoria te obligaba a olvidar las caricias del día anterior que tu madre te hizo en la espalda al enterarse del premio de historia que habías ganado y recibido por los estudios rigurosos y profundos que habías hecho sobre la filosofía y los tratados del eterno retorno de Federic Nietzsche.
Tus ideas y pensamientos de ambulaban por calles solitarias y soñolientas. Son las 3 de la mañana y tú no logras conciliar el sueño.
Hoy bienes o fuiste de inaugurar el sepulcro de tu madre, hoy tu madre ha muerto.
Das la ultima aspirada al trozo de desagradable tabaco y apagas el cigarrillo con alivianes de tus salados labios duros.
Buscas sobre el cajón de abajo de tu escritorio, el revólver que tu padre guardo y heredo de tu abuelo Antonio que lucho en la revolución de los cristeros. Lo encuentras, lo vez viejo y mojoso, lleno de años y de historias que niegan a irse. Lo tomas entre ambas manos y lo miras con un tiempo fugaz, parecido al sueño. Tomas un pañuelo y le desempolvas el metálico gris cañón. Te percibes que solo cuenta con una radiante bala. Es como si alguien hubiera prescrito esta escena, esta necesidad tuya de escapar por unos instantes de este cuarto, de esta casa de este mundo.
Debes de tener el valor necesario para tomar una gran decisión, de la cual depende tu propia vida.
Entonces, piensas rápidamente, haces un memorable balance. Por un lado, tienes entre tus manos un libro que consideras de suma racionalidad y un revolver que cuenta con un solo tiro y por el otro lado, tienes el corazón y la cabeza sumergidos en un gran dolor, en una pena dionisiaca; tu padre murió hace un año, hace un mes descubriste que Laura te engañaba con su padrastro, y hoy tu madre ha muerto.
Escuchas por última vez los instantes cegadores de un gran reloj mágico que no existe, que por más que buscas no lo encuentras. Un revólver 38 apunta sin fallo alguno el horizonte oblicuo que se marca en tu mirada llorona, un ruido parecido al despeje de un cohete espacial inunda la ciudad, la casa, el cuarto. El ultimo réquiem de Mozart inaugura la escena, mientras los originales libros de Nietzsche caen sobre la tierra. Tú también hoy has muerto. De seguro Mañana, el portero de la casa será el único que venga a tu funeral y el colmo será que ya no habrá rosas para tu entierro, pues las del jardín se acabaron en el entierro de tu madre.
Escrito por: Lord Polko

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